Cuento un paseo con el Abuelo

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Cuento
Un paseo con el Abuelo
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El abuelo había salido ese día a eso de las 4 de la tarde, salió de casa con su pantalón de lino y camisa a rayas manga corta muy elegante, oliendo a María farina, su colonia preferida, en el bolsillo sus papeles y un lapicero.

Al momento en el que él iba a cruzar la puerta le dije ¡abuelo te demoras!  El me miró y con una leve sonrisa puso su mano en mi cabeza y me dijo: mijo no me demoro…Pero mañana vamos al parque.

Llegó un taxi de color negro a buscarlo de esos de la época con techo amarillo marca Renault 12.

Yo me quedé pensando en el paseo del día siguiente.

El abuelo llegó en un taxi a eso de las 7 de la noche, con un pan francés, mantequilla y leche para la comida. Estaba cansado se le podía notar tal vez por algunos whiskys que acostumbraba a tomarse con sus amigos en un café cerca de la catedral.

Don José fue un hombre siempre mesurado y sensato, correcto, intachable y amante del Ron aunque con un compromiso inquebrantable de responsabilidad, de esos de la vieja guardia católico y conservador.

Al día siguiente desperté muy temprano, en la sala ya estaba el abuelo leyendo el periódico y escuchando las noticias con un radio de pila marca Sony lo último en tecnología de la época.

¡Hola Niño!.. hoy iremos  al parque, así que prepárate después del almuerzo, te alistas que vamos a dar un paseo.

¡Si abuelo, ya tengo la ropa lista!

¿A qué horas nos vamos?

Mijo después de almuerzo

Esa noche me había costado dormir pensando en la promesa del abuelo, desde la noche anterior yo mismo había alistado la ropa todo está preparado.

Los paseos con el abuelo eran fantásticos, para un niño de 7 años ir al parque central en aquella época era la única diversión, era el punto de encuentro de las familias y del comercio de la época.

Para llegar al parque central ese día salimos de casa con el abuelo al paradero a eso de las 2:30 de la tarde, de pronto asomo en la carretera un Jeep Willis modelo 67, los dos puestos de adelante estaban libres y el conductor le dijo al abuelo, ¡súbase amigo! aquí hay dos puestos.

Les hablo de  un  Willis de color verde, era el medio de transporte que se acostumbraba a tomar en la época en Sincelejo, En la parte de atrás cabían 6 personas sentadas en dos banquetas improvisadas  de madera  3 a cada lado, inclusive algunas personas colgadas  por fuera, sujetadas de la parrilla que tenía el Willis en el techo, y adelante dependiendo de la contextura de las  personas podían ir 3, casi siempre el cobrador era quien anunciaba el recorrido… el gritaba:

¡Centroooo! ¡Centrooo! ¡Fordddd! ¡San Carlossss!

La cabina del Willis era magnífica una cabina amplia, el viaje era muy agradable;  el vallenato sonaba en la radio a buen volumen.

La palanca de cambios era roja y acrílica, tenía en su interior la virgen del Carmen, no tenía vidrios,  solo las puertas; olía a gasolina y el motor rugía por la calles de la bella sábana.

Al llegar al centro frente a la catedral mi abuelo le dijo al conductor déjame aquí mijo, y allí nos bajamos, de la mano atravesamos la calle y llegamos así al parque central, mi abuelo me llevo a comer helado en la heladería Alaska, y justo saliendo estaba un señor vendiendo yoyos, el abuelo me  compro uno.

Me sentía muy feliz y protegido por él, nunca me negó un capricho, luego del helado fuimos a la iglesia, entramos y él  se quedó en una de las bancas sentado por un momento orando, no era hora de misa pero él no perdía la oportunidad de dedicarle unos minutos  a Dios para darle las  gracias.

Saliendo de la iglesia el abuelo se encontró con dos de sus amigos: hombe que placer saludarte ¿y este niño es tu nieto?  Sí, mi nieto ya va a cumplir 8 años y siguieron hablando, yo le pedí al abuelo un paquete de  chitos, me dio un billete de 20 pesos lo compre y me senté en las escaleras en frente  de la iglesia, mientras que él hablaba cosas de grandes que yo no entendía,  yo disfrutaba de aquel momento comiendo chitos y viendo a la gente pasar.

Una vez terminada la tertulia se  despidieron,  mi abuelo me dio la mano y me dijo mijo vamos a comprar unos bollos para llevar a la casa.

Frente a la iglesia en un mesón de madera estaba el señor, con una montaña de bollos y un bloque de queso sabanero  enorme, era un ritual del abuelo,  nunca llegaba a casa con las manos vacías, siempre llevaba algo para todos.

Llegó la hora de regresar y mi abuelo me dijo: ¿ajá mijo como la pasaste? ¿Quieres algo? a lo que yo le respondí: Si abuelo regálame un mango verde  pero con sal y limón, el viejo sonrió y mirándome me dijo: Te va a doler el estómago pero ajá, yo te lo compro…… ¡y así fue!

Fuimos al paradero, y de nuevo me tomo de la mano…. sus manos eran tan cálidas y suaves…… su voz me trasmitía calma…….. ¡Junto al abuelo me sentía invencible!

Al llegar el Jeep Willis  en esta ocasión no había puesto adelante,  nos fuimos en la parte de  atrás.

Yo estaba un poco cansado pero muy feliz, ¿Que más podía pedir mi corazón de niño? Regresaba con un yoyo, comiendo mango biche y viajando en aquel viejo  y maravilloso Jeep Willis
¡todo de la mano de mi abuelo!!

Autor:
Boris Sánchez Maldonado

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